EUROPA ARRANCA
PROPUESTAS PARA UNA RENOVACIÓN DE LA
UNIÓN
INTRODUCCIÓN
¿Podemos hacer un
balance positivo del acuerdo logrado en el pasado Consejo Europeo? Parece que esta
es la pregunta fundamental que hemos de plantearnos. Pero vayamos más allá y no
nos dejemos influir por análisis alejados de los ciudadanos. ¿Vuelve a
funcionar Europa? ¿Funcionaba correctamente antes? ¿Qué áreas mejoran, si
es que han mejorado? ¿Cuáles deberían tratarse a pesar de no haber figurado en
la agenda? ¿Qué compromisos son perjudiciales? ¿Qué tiene que decir la
ciudadanía? Es más, ¿dejan que digamos algo? Y en definitiva, ¿es bueno,
legítimo, eficaz todo esto?
Realmente ir más
allá significa plantearse muchas preguntas, aun con la certeza de no poder
contestar a todas. Pero la importancia del asunto lo requiere. Europa está
presente en nuestras vidas de forma diaria; su legislación, sus instituciones,
hasta su moneda, no dejan de ser las nuestras. Nos afecta de una forma directa.
Y realmente han sucedido algunas cosas importantes en este Consejo, que
requieren ser analizadas y explicadas por los ciudadanos, bajo riesgo de alejar
a la ciudadanía aún más de Europa.
Reconozcamos que
parece que el simple hecho de que haya habido un arreglo es ya positivo y, al
menos a grandes rasgos, traslada el mensaje deseado por los líderes: Europa
vuelve a funcionar. Después de la fuerte crisis que sacudió los cimientos
comunitarios tras el no franco-holandés a la Constitución, hemos logrado poner
en macha de nuevo la Unión. Pero, a pesar de este optimismo inicial, ¿no es
algo parcial quedarnos ahí? Quizá pecaríamos de confiados, teniendo en cuenta
que el “período de reflexión” abierto por los Estados después de la crisis
constitucional dura nada menos que dos años. Tiempo de sobra. ¿Realmente
advertimos ya el principio de una solución?
Ante este panorama, la información es
nuestro mejor aliado. Así que veamos cuáles han
sido los principales acuerdos alcanzados en el pasado Consejo.
ANÁLISIS DE LOS ACUERDOS MÁS
DESTACADOS
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Se elimina el veto en más
de 50 materias: A mi juicio, es una de las
aportaciones más importantes. Reconozcamos que es imposible organizar políticas
comunes para 27 Estados si todos disponen de la facultad de vetarlos.
Necesariamente la Unión se encontraría paralizada. Algo que interesa sin duda a
los defensores del clásico Estado-nación, pero que los defensores de otro
modelo de Unión que vaya más allá de éste veíamos un serio inconveniente al
fortalecimiento de Europa.
-
Unido al punto anterior
aparece el polémico sistema de votación: Recordemos la resaca que trajo
el Tratado de Niza, que establecía de hecho 6 grandes poderes, a saber:
Alemania, Francia, Reino Unido e Italia, con 29 votos cada uno; y España y
Polonia, con 27, prácticamente equiparados. Ciertamente España ha ganado
población y la tendencia apunta que seguirá en esa dirección; no así en el caso
de Polonia. Pero incluso así la diferencia entre Estados si nos ajustamos a
este criterio es enorme. Aunque en realidad si ese criterio fuera el único a
tener en cuenta, los pequeños países quedarían injustamente desprotegidos
frente a las naciones más pobladas, algo que conduciría al enfrentamiento en el
seno de la Unión.
Bien, tras el acuerdo in extremis
que describimos acordado en Niza, los países más grandes se plantearon, no sin
intenciones un tanto dudosas, reabrir la cuestión de los votos. Para ello se
planteó la famosa fórmula de la doble mayoría, esbozada por la Convención
(autoproclamada Convención para Europa que extralimitó su mandato y redactó la Constitución
que después ha sido abandonada). En un principio esa doble mayoría para tomar
decisiones se esbozó así: la mitad de los Estados miembros más un 60% de la
población de la Unión. España y Polonia se negaron a transigir ante los 4 más
grandes porque perdían peso, evidentemente. Junto a ellas hubo movimientos de
otros Estados que asimismo se veían debilitados. Con el cambio de gobierno en
España se acordó aumentar el umbral de población necesario para la toma de
decisiones al 65%, con lo que quedaban relativamente cubiertas las necesidades
españolas, y Polonia se quedó sola en su defensa a ultranza del modelo de Niza.
En este contexto Polonia planteó una
fórmula matemática bien recibida en círculos especializados y académicos, por
justa, pero que desgraciadamente llegaba tarde para todos, y protagonizó un
enroque frente a todas las potencias de la Unión. Finalmente perdió la partida.
Por tanto, el acuerdo del pasado Consejo
fue el siguiente: se aprueba definitivamente el sistema de doble votación, 55%
de Estados, 65% de población, pero con la concesión a Polonia de que los
criterios que se recogían en Niza valgan hasta 2017.
-
Designación del Alto
Representante de la Unión para Política Exterior y
Seguridad y de sus competencias: Este era uno de los puntos más
complicados, principalmente por las reticencias británicas a ceder soberanía en
una cuestión tan sensible como la política exterior. La Constitución recogía la
figura de un Ministro de Asuntos Exteriores, algo inaceptable para los
británicos. No obstante, aunque no se otorgue el rango de Ministro y se quede
en Alto Representante (ministro puede sonar demasiado a un servidor de un
“estado europeo”, algo que gusta y disgusta casi por igual hoy en día), el Alto
Representante dispondrá de todas las facultades que se le asignaban en la
Constitución Europea, tales como presidir los Consejos de Ministros de
Exteriores de la Unión; contar con el trabajo de un Servicio Exterior a sus
órdenes (servicio que hay que concretar); y tendrá rango de vicepresidente de
la Comisión.
-
Estabilidad para el cargo
de Presidente del Consejo: Recordemos que, hasta
ahora, la presidencia del Consejo iba alternándose entre Estados cada 6 meses,
con la debilidad que ello suponía y todos los problemas aparejados a un
traspaso de poderes en continuo cambio. El acuerdo alcanzado es que el
Presidente del Consejo sea elegido por mayoría cualificada de sus miembros para
un mandato de dos años y medio, prorrogable.
-
Carta de Derechos
Fundamentales: Esta es una cuestión fundamental
desde mi punto de vista, en cuanto se refiere a la protección que pueden
obtener ciudadanos de la Unión y a la garantía de los derechos más importantes
de los que disponemos como seres humanos y no sólo como ciudadanos. Este punto
ha suscitado muchas controversias, principalmente por la oposición a que fuera
vinculante que han presentado Reino Unido y Polonia.
Finalmente, a pesar de dudas planteadas en
cuanto a interpretación de lo acordado, parece ser que sí que será vinculante,
aunque se introdujo a petición de Polonia una “aclaración” en la
declaración final. Algo que en mi opinión ni
siquiera debería haber sido discutido por los líderes europeos, quienes, aunque
no aceptaron la pretensión de Polonia (recordemos la “cruzada” desatada por el
Gobierno polaco a favor de una supuesta “moralidad” pública, contra el aborto y
el colectivo gay,), aceptaron introducir esa “cláusula” que puede añadir
oscuridad al entramado jurídico, tal y como pretendía Varsovia; aunque,
insistimos, la fuerza vinculante de la Carta de Derechos Fundamentales aparece
clara en términos jurídicos para los Estados de la Unión.
De otra parte se admitieron también
reservas para el Reino Unido, que en mi opinión no hacen sino desmerecer el legítimo
derecho de los británicos a obtener una mayor y más eficaz protección de sus
garantías fundamentales que, al fin y al cabo, es lo que ofrece la Declaración.
Bien, hasta aquí
un pequeño resumen de los acuerdos que considero más relevantes alcanzados el
pasado Consejo, además del abandono definitivo de la Unión de dotarse de una
Constitución y apostar por un Tratado de Reforma (de nuevo lo pragmático saca
la Unión de su parálisis). Pasemos a ver de forma breve algunas conclusiones
que podemos extraer de estos acuerdos; y algunas materias a las que se debería
prestar más atención de la que reciben hasta ahora.
CONCLUSIONES
En primer lugar podemos decir, a la
vista de los acuerdos que destacamos, que se ha logrado avanzar en importantes
materias. Pero el avance es desde luego relativo, y se ha caracterizado por el
pragmatismo. Incluso así, se ha superado la parálisis que afectaba a la Unión y
se obtienen resultados significativos, por ejemplo en cuanto a la Carta de
Derechos se refiere o a la eliminación del veto en 50 áreas de toma de
decisiones. Esto sin duda contribuye a agilizar el funcionamiento de la Unión y
aumenta las garantías de los ciudadanos frente a posibles abusos, algo en lo
que no debemos dejar de mejorar e insistir.
No obstante, junto a estos ámbitos
aparecen otros que más bien están cargados de buenos deseos que de realidad;
así es el caso del Alto Representante de Política Exterior. Ciertamente sus
competencias crecen, así como su rango y su poder en la Unión. Pero ¿qué quiere
decir esto? Desde luego no quiere decir que Europa hablará con una voz común en
el mundo. Desde luego no quiere decir que habrá un compromiso claro por parte
de los Estados para coordinar su política exterior. Desde luego no quiere decir
que dispongamos de un servicio diplomático europeo que poner a disposición de
Javier Solana, quien, por otra parte, desempeña excelentemente su labor. No
obstante es sólo un hombre, frente a 27 Estados con intereses diversos que
parecen no tener una disposición clara a entenderse, a pesar de todas las
declaraciones en este sentido.
Por ello, deberíamos ser más ambiciosos
en este sentido. Y esta es mi propuesta, simple
y clara: definir visiblemente las áreas donde podemos desarrollar una
política común y transferir poderes en ese sentido y de forma notoria al
Alto Representante. Me explico mejor: Oriente Medio necesita una política
europea común. Es prioritario para la seguridad del mundo, no sólo de
Europa. Oriente Medio se desangra frente a nuestra impotencia. Actúa EEUU, y no
se soluciona; lo intenta la ONU, y no se soluciona. ¿Cuándo lo hará Europa,
cuándo Europa dejará de aportar enviados especiales que, por muy buena
intención que tengan, no disponen de poder efectivo y real? En esa zona confluyen
intereses geopolíticos por fuentes de energía no renovable; por una guerra permanente
que sólo genera dolor e inseguridad al resto de ciudadanos y naciones del
mundo. Desde esa zona el fundamentalismo religioso se exporta al mundo,
alimentado por la indiferencia de las potencias, por la pobreza de sus gentes,
por la miseria, por la muerte. Ese y no otro, admitámoslo, es el mejor caldo
para que hierva el terrorismo. Por supuesto no lo justifica. Pero, por supuesto
también, es su mejor abono. ¿Cuándo asumiremos responsabilidades en la zona
y desarrollaremos una política autónoma de los EEUU?
Y esto no es hablar por hablar, hay
medidas que pueden y deben tomarse. Presionemos para mantener abierto el
paso de Rafah, porque es por ese paso por el que se permite el acceso de
los habitantes de Gaza a tratamientos médicos.
Y en el mismo sentido, no demos bandazos imprevisibles en nuestra propuesta de
solución al conflicto. Si abogamos por dos estados, digámoslo y mantengámoslo,
y actuemos en consecuencia. Europa no debe limitarse a cumplir un papel de
comparsa, debemos tener carácter y potencial suficiente para aportar soluciones
propias.
Otra área, en la que la colaboración
parece más eficaz, es la actuación de la Unión en el seno de la Organización
Mundial de Comercio. Desde hace décadas la Comisión tiene poder directo de
negociación en materia comercial. Pero ¿en qué consiste ese papel? ¿Es que lo
conocen los ciudadanos? ¿Es que interesa que lo conozcan? ¿Interesa que los
ciudadanos de la Unión sepan que nuestros Gobiernos no hacen lo que está en su
mano para procurar el desarrollo sostenible y el enriquecimiento de la sociedad
mundial en su conjunto? Por supuesto que no interesa. Interesa más que
los ciudadanos crean que todo eso son utopías. Interesa que los ciudadanos
piensen que el comercio sólo puede servir para enriquecer a unos a costa de
otros. Pues bien, no es así, y una política exterior coordinada desde Europa,
la mayor potencia comercial del mundo, podría demostrarlo, y contribuir más al
desarrollo que toda la ayuda oficial que destinemos a naciones más pobres. En
este sentido, recomiendo el libro del Premio Nobel de Economía Joseph E.
Stiglitz, en colaboración con Andrew Charlton, “Comercio Justo para
Todos”. Profundizaremos más en este tema apasionante en próximos análisis
del Centro Europeo Juvenil, conscientes de que esto son apenas unas pinceladas
en un asunto que requiere de profundo estudio.
Continuando con nuestro análisis, Europa
podría hablar con una voz común, o al menos intentarlo, en relación a África.
África, que muere lentamente desde hace años, con el telón de fondo de Darfur
casi a nuestra vista. En África las principales potencias toman posiciones.
EEUU es ya protagonista, China comienza a serlo. La pobre Europa duerme.
Duermen las soluciones europeas para el subdesarrollo de África y para la
inmigración que llena de temor a nuestros políticos. Bien, los ciudadanos
demandamos soluciones. Demandamos una inmigración sostenible. Eso se produce en
un contexto de desarrollo de la otra parte. ¿Cómo pedirlo si hay hambre y
miseria al otro lado del Estrecho? Obviamente, esto conduce a una política
migratoria común por parte de la Unión. Soluciones, soluciones y soluciones:
hay que asumir riesgos y competencias.
Para concluir, deberíamos mencionar un
área donde debemos demandar una mayor implicación de la Unión, área que no ha
salido fortalecida manifiestamente de este pasado Consejo, pero que la sociedad
en su conjunto ya demanda como prioritaria. Desarrollo Sostenible. Este
concepto debe nutrirse de compromisos claros por parte de los gobiernos de los
distintos Estados de la Unión. Compromisos vinculantes y no meras declaraciones
de intenciones. Compromisos que aseguren a los ciudadanos que se potenciarán
las energías renovables, que reduciremos hasta eliminar nuestra dependencia de
recursos contaminante provenientes de naciones que en ocasiones se muestran
poco fiables como suministradoras, que contribuiremos eficazmente a atajar para
siempre el cambio climático, en el que nos jugamos nuestra casa común, nuestros
recursos y hasta nuestra salud, junto a la de cientos de especies y ecosistemas
completos. Eso es compromiso y no declaraciones vacías de contenido.
No podemos finalizar sin mencionar otro
aspecto prioritario en el que falla la Unión, y sobre el que nada se ha dicho
durante el pasado consejo. Participación de la Ciudadanía en la Unión.
Debemos esforzarnos por construir la sociedad civil en Europa. Mantengo la
postura, personalmente, de que reforzar la sociedad civil contribuye a
aumentar nuestra libertad como individuos frente a otros individuos y frente a
los poderes públicos, que a veces acumulan demasiado poder; en este sentido
actúa el Centro Europeo Juvenil de Relaciones Internacionales. Pero es
necesaria la implicación de las instituciones y Gobiernos de la Unión para
paliar el “déficit democrático” del que tanto se quejan. ¿Cómo construir una
Unión de espaldas a la ciudadanía, y sorprenderse después del euroescepticismo?
¿Cómo quejarse del poco interés de los ciudadanos en general y de los jóvenes
en particular en cuestiones políticas, si no se sabe qué ofrecer, o si no
interesa ofrecer? La sociedad, aunque no lo pida a gritos por estar hastiada,
demanda protagonismo. Demanda responsabilidades. Pero demanda, en el sentido de
necesitar para demandar, información. Si la información no fluye, no nos
sorprendamos de la falta de interés. Una y otra van ligadas. Informemos,
digamos la verdad, digamos qué nos jugamos. Complementémoslo con una
educación orientada a hacer librepensadores a las personas, a crear ciudadanos,
a dotarnos de pensamiento crítico. Y otorguemos el poder de la
participación. Entonces aparecerá la demanda directa de responsabilidades. Y
protegeremos mejor nuestra libertad. Pero comencemos ya a actuar.
Jorge Daniel Mora García
Presidente Centro Europeo Juvenil de Relaciones Internacionales